domingo, 8 de mayo de 2011

El experimento Milgram: crueldad y obediencia

A priori, el experimento consistía en lo siguiente:
dos individuos acudían al laboratorio, aparentemente para participar en estudio sobre la memoria y el conocimiento. Uno haría de «alumno» y el otro de «profesor». El alumno era aislado en una habitación y conectado a una maquina «generadora de descargas eléctricas». La maquina tenía varias palancas alineadas: «descarga leve», «descarga potente», … «XXX». Al alumno se le explicaba que debía memorizar una serie de palabras, y que si fallaba el profesor le aplicaría descargas cuya intensidad iría incrementándose.
Pero en realidad el alumno era un actor y las descargas, falsas. El profesor era el auténtico sujeto bajo estudio. El objetivo de Stanley Milgram era comprobar la capacidad de una persona corriente para hacer sufrir a una víctima inocente y angustiada.
Los resultados vinieron a contradecir el pronóstico de 14 expertos (optimistas). Aunque los alumnos gritaban y pedían clemencia, el profesor seguía haciendo preguntas y aplicando descargas. Cuando alguno de los profesores mostraba dudas, el investigador que supervisaba el experimento le animaba a continuar con las siguientes frases (en este orden): «por favor continua», «el experimento necesita que continúes», «es absolutamente esencial que continúes» y por último «no tienes otra opción, tienes que continuar» [frases originales en inglés]. Si después de haber oído todas estas frases, el profesor insistía en parar, el experimento se daba por terminado.
Pues bien, varias tandas de experimentos demuestran que más del 60% de las personas son capaces de aplicar la potencia máxima antes de que el experimento diera a su fin.
Más del 60% parecían dispuestos a electrocutar a un conciudadano hasta dejarlo inconsciente o incluso producirle la muerte, solo porque un hombre vestido con bata blanca les había dado instrucciones para hacerlo. (Joseph Heath y Andrew potter, «Rebelarse vende» [inglés])
El experimento es un ejemplo clásico de la naturaleza del mal y del poder de la autoridad sobre el individuo. Como dice el propio Milgram: «Una persona corriente que cumple con su trabajo y no parece especialmente hostil puede convertirse en ejecutor de un terrible episodio destructivo. Además, pese a la naturaleza dañina de un acto incompatible con los criterios éticos elementales, pocas personas parecen tener la suficiente entereza para resistirse a la autoridad.».

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